Blanca permanece quieta y expectante a la espera que su madre vuelva para darle algo de comer. Tiene pocos semanas de vida, pero todavía no se ha adaptado a un mundo desconocido que la sorprende y la ilumina cada vez que mira a su alrededor. Allí sobre el pequeño bloque de hielo donde la dejó su madre un instante observa otros como ella, pero más grandes- piensa-. Tiene miedo. Permanece quieta pero sus grandes ojos miran la comunidad de focas a la que pertenece. Los escucha emitir sonidos que todavía no es capaz de entender, pero que le resultan familiares. Su madre también los hace cuando está entre ellos. Andan despacio, con torpeza y le parece que dan pequeños saltos para poder avanzar. Se sumergen en el agua y salen de ella con cantidades de moluscos que devoran sin ninguna dificultad. Cuando podré hacer yo eso?, se interrumpe de nuevo. Ve focas más pequeñas como ella que están protegidas por sus madres, que lamen su cuerpo menudo y frágil. Con amor. Con cariño. Con dulzura. Su madre también lo hace. Le gusta ese roce sobre su piel y... cierra los ojos al pensarlo.
Ha llegado su madre y le trae comida. Da pequeños saltos de alegría al verla. Pronto podrá pescar por su cuenta y ser independiente. Marta, su madre, la mira con amor mientras lleva cada trozo de pescado a la boca. Pero algo ha pasado. Escucha ruidos. Las demás focas están impacientes y sienten que algo malo va a suceder. Su tranquilidad se ve amenazada. Marta se impacienta y le dice a Blanca que se apure con la comida, que deben alejarse de allí. Es peligroso estar tan a la vista y deben buscar un refugio.
Blanca ha dejado la comida y se apresura detrás de su madre, pero no consigue alcanzarla. Su caminar todavía es muy lento y torpe. Con ansia intenta seguirla, pero se han unido otras focas y la ha perdido. Mira a un lado y a otro. Comienza a emitir un pequeño gruñido, pero frágil, muy frágil y bajo... que las focas adultas ocultan. Se ha quedado sola de repente y no sabe donde ir. No sabe que hacer. Llora. Sus ojos derraman lágrimas de ausencia, de miedo, de temor. Quiere ir con su madre pero no la alcanza a ver, a sentir, a oler.
La sombra de un hombre con un hombre con algo en la mano. Nunca había visto una persona por aquellos lugares, pero su madre le dijera que si llegaba a suceder... corriera y corriera sin descanso. No eran buenos.
Blanca corrió como le dijera su madre, pero el hombre era más rápido.
Porque tenía que ser tan torpe y lenta?- pensaba-. Pero antes de que le diese tiempo... recibió un golpe en la espalda. Se había girado en ese momento y no le había alcanzado la cabeza. Siguió corriendo pero esta vez el golpe fatal la alcanzó. Miraba todo negro. Sentía dolor y notaba que una mancha roja le salía de su cabeza. Estaba mareada. Permanecía inmóvil en el suelo frío, blanco de las frías aguas de Groenlandia. Le pareció que el hombre llamaba por alguien pero no sabía si era su mente la que le estaba jugando una mala pasada o si era una realidad. Había otros como él. Lo sabía . Emitían sonidos como él.
El hombre la cogió por la cola y la alejó poco a poco del glaciar. Una mancha roja marcaba su camino hacia no sabía donde.
Marta había mirado atrás y no encontraba a su cría. Sentía su angustia, su olor, sus gritos de desesperación y temor, pero no lograba localizarla.
Una sensación le hizo dirigirse a la orilla del glaciar. Allí vio un rastro de sangre. Lo olió y supo que era de su hija. Levantó la cabeza y miró a un hombre que la llevaba cogida de la cola. Parecía que estaba inconsciente. La intentaba llamar y no respondía. Se apresuró. No sabía de donde sacaba fuerzas... pero corrió tras ella. Sabía que a ella no le harían daño, era adulta y solo querían crías. Así lo había visto otras veces. Veía como se las llevaban y le quitaban la piel allí mismo, a la vista de ellos. Le quitaban su grasa, su carne bajo la mirada horrorizada de sus madres. Oía su llanto y el grito de dolor cuando lo hacían. El golpe que le daban en la cabeza muchas veces no las mataba del todo y muchas emitían un grito de dolor.
El hombre estaba solo y no había notado su presencia. Todavía estaba cerca de la orilla. Avanzaba rápido. Su cuerpo de cien kilos, su rabia, su desesperación y su venganza crecieron en ese momento. Sabía que poco podía hacer por Blanca en ese momento – posiblemente estuviese muerta ya- pero corrió y corrió. Todo su cuerpo se abalanzó sobre el hombre y lo empujó al agua.
Blanca permanecía en la orilla. No sabía que había pasado. Se había librado de las manos del humano, pero no veía nada todo se había vuelto demasiado oscuro de repente. Notaba que sus latidos eran cada vez menores. Ahora sentía a su madre a su lado. Notaba su lengua en su cuerpo, en sus heridas... pero había llegado demasiado tarde. Su vida feliz se había terminado y ni siquiera había empezado.

