Los demás se habían recogido ya en sus tiendas de campaña. Llevábamos y dia en el lago y después de una jornada de senderismo estábamos un poco cansados. Me quedé frente a la hoguera, relajado, escuchando un poco de música- siempre me relajaba antes de irme a dormir- con una copa de vino por compañía.
La luna llena y resplandeciente se reflejaba en el agua como un espejo, las estrellas daban esplendor a una noche tan tranquila. Esa postal daba brillantez a una noche que solo en este lugar, libre de contaminación y humos, podía contemplar.
Una mujer entró en el agua. Estaba un poco alejada de nosotros, pero una sensación fresca y suave me invadió de repente. Vinieron a mí olores frescos de flores silvestres, rosas, mimosas y jazmín. Su silueta, bajo la luna, me pareció muy seductora. Su vestido blanco, casi transparente, cayó suavemente al suelo, dejando al descubierto una figura de líneas curvadas. Tenía una gran melena rubia y lisa y unos ojos, que aún con la luz de la luna, me parecieron azules como el mar, como el agua de ese lago.
Estaba notando algo. Mi sexo se erguía al contemplar la escena y un deseo empezó a recorrer todo mi cuerpo. Quería desnudarme e ir tras ella.
Al sentirse observada, salió rápido del agua. Se vistió y echó a andar hacia el bosque.
La seguí. Su figura marcada bajo el vestido humedecido, caminaba bajo un resplandor de luz. Al girarse para comprobar si la seguían, encuentro sus ojos de color azul con los míos. Hechizado no puedo dejar de mirarla. Me sonríe y se aleja. Se gira de nuevo y sonríe y me indica que me acerque, que la siga. Embrujado por ese olor a jazmín la sigo con cautela, con distancia, disfrutando de esos aromas que deja a su paso.
La mujer llega a una pequeña cabaña en el centro del bosque. Es una cabaña de madera, con muchas rosas en el jardín y un pequeño camino iluminado por unas luces que llegan hasta la puerta. Entro. La puerta está abierta. En el interior la chimenea está encendida, y un olor a especias y canela inunda toda la casa. Una botella de vino y dos copas en una mesa y ella, observando el fuego, se gira y me sonríe de nuevo. Quieto bajo el umbral de la puerta y observándola. Me acerco. Ella me ofrece una copa de vino. Nuestras miradas se cruzan de nuevo. Me acerca su mano. Empieza a acariciarme todo el cuerpo. Despacio, con suacidad noto sus manos suaves, que tocan mi pelo, mi torso... hasta fundirnos en un profundo beso y allí, sobre la alfombra nuestros cuerpos poco a poco se abandonan.
Me desperté solo y ya no había cabaña, ni esencias, ni chimenea, pero si el olor de su piel en mi cuerpo. Me encontraba en medio del bosque sólo y no sabía volver al campamento, solo recuerdo esa mezcla de olor a jazmín, azahar y flores silvestres en mi cuerpo.
Cuando conseguí encontrar a mis compañeros, no pude explicarles que pasó ni como había llegado a ese lugar. La leyenda de la mora del bosque era una historia que contábamos en las noches de juerga cerca del fuego, pero...existiría de verdad? Ahora yo tenía la prueba.


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